A su manera, dadá baja del pedestal a aquellos que se visten con el pellejo de los muertos, desmonta las narrativas del deber ser y de la guerra, inquiere a los ismos pertrechados en ideologías que convierten la existencia en mero consumo de horas, en mecanismos de compra-venta. En resumen: dadá es una renuncia a la obediencia, a la vida desconectada de la existencia; representa una invitación telúrica a vivir, una fractura en el seno de la especie que carece de exigencias proselitistas, de actos de fe; una corriente subversiva que no demanda feligreses ni tampoco ejercicios de admiración. De dadá emergen líneas que nunca formarán una geometría contenida en la precisión ni en la numerología clásica; su aura está formada por actos, imágenes, vocablos, guarismos, jeroglíficos y fonemas nunca sancionados por las tablas de la aritmética ni por los diccionarios de las academias. Que no se pierda el tiempo buscando su inserción en tratados; dadá respira en otro lado; pone en ojos y oídos un lenguaje que representa una crisis para la lengua codificada, es también, una forma de preguntarse por la génesis de la comunicación humana y los fundamentos de la libertad. Hay una luz tintineante en el seno de un mundo caído en desgracia. De una u otra manera, dadá está en el sitio preciso en que impera la irrenunciable fiesta por la vida, único lugar posible del arte.
¿Por qué dadá? ¿Para qué dadá? De muy poco importa el origen de la palabra. Lo mismo da si proviene de los impulsos guturales de un bebé o de un mono. Es el anuncio de una fractura en la razón universal, una grieta en los nacionalismos que llevaron a la carnicería a una Europa que pagaba la factura por su inmersión en una modernidad prendida del chovinismo y el capital mercantil (una cuota que, por cierto, se sigue pagando, no sólo por el troglodita que se asume dueño del planeta, sino también por las escisiones sangrientas del orbe soviético). dadá es la respuesta a la crudeza de una época que parece interminable, en tanto surgen por los cuatro puntos cardinales proyectos mesiánicas, furores patrios y dislates de todo tipo que disparan trampas mortales de las que nadie está a salvo. Juanes nos invita a despojarnos de futuros promisorios para “hacer llamados por la vida, transformar la vida desde el arte.”
Dadá tuvo sus nodos más visibles en Zürich: Café-Cabaret Voltaire (Richard Huelsenbeck, Tristan Tzara, Marcel Janco, Hugo Ball, Emmy Hennings) y Berlín: (Raul Hausmann, George Grosz John Hartfield, Hanna Höch, Walter Mehring y el propio Huelsenbeck, así como otras y otros participantes más). Dadá también permeó París y Colonia con su celebración de lo heterogéneo, desde donde se lanzaron propuestas sin líneas sectarias ni filiaciones nacionales.
En el punto de partida, Juanes observa el tejido múltiple de dadá, no para insertarlo en un legajo de determinaciones, sino para poner en marcha las ideas que lo movieron frente a lo ya dado. Lo intempestivo es el motor de ese pensar autónomo, la oquedad incómoda en que se descoloca lo predecible, lo absoluto, habilitando la aventura y la alteridad como aquello que transforma la percepción de la realidad. Juanes nos ubica en el encuentro con esa otredad no atrapada en la monserga patriarcal o el antropocentrismo, sino en la afirmación del arte como contrapeso del sometimiento, la inmovilidad y la complacencia, una apuesta por la imaginación, a favor de la physis, lo carnal, lo humano, lo finito: el arte vuelto contra la jaula de las ideologías, madre de todos los desastres.
Me parece que el autor había dado un paso definitivo en su obra con Los Caprichos de Occidente, escrita en 1984, un libro formado con una textualidad que desde las primeras páginas me remitía al dadá. Edición apoyada por una tipografía nada contenida, que creaba una atmósfera simultánea de denuncia y juego, párrafos que no obedecían al ordenamiento de una crítica ortodoxa, sintaxis rabiosa, frases y citas que parecían escritas sobre un muro, despliegue de plasticidad libresca escrita de un plumazo, según el propio autor lo ha declarado.
Quisiera realizar una aproximación a Dadá. Pesquisa para libertarios, desde esa mirada, declaradamente desprendida del platonismo y el cartesianismo, ahora más centrada en el arte como eje. El analista que ha cruzado la aduana de Heidegger y ha disfrutado la rebeldía dionisíaca de Nietzsche, ahora se ocupa de dadá, surgido en tiempos caóticos, entre guerras que dejaron sembrado un matadero. La pequeña-gran rebelión se desmarca del reloj productivista y recoge la hazaña del juego de la vida. La revuelta, claramente opuesta a las tipologías del patriarcado, tiene como arma el poder de una imaginación que asalta los sentidos, estableciendo diferencias radicales respecto al valor de las mentes que transitan en sentido contrario dando un otro valor a lo existente. Justo los años entre guerras postulan los cultos masificados, que dirigen al rebaño a la carnicería, dando como moneda de cambio la demolición del sujeto individual. Martin du Gard decía en Los Thibault “Todo más fácil de lo que parece.”
La colonización intelectual encuentra en dadá un dique que desoye los llamados al orden, estableciendo una relación simultáneamente crítica y lúdica con la tradición. Juanes revisa las estrategias que inserta en la pintura, la fotografía, la literatura, la música y el teatro. En esta ocasión no se detiene demasiado en el análisis de obras concretas, pero sí en el surgimiento y las transformaciones dentro de géneros desde donde se producen rupturas e invenciones, como el derrocamiento del ocularcentrismo -iniciado por el cubismo-. La puesta en marcha del collage y el fotomontaje resulta central para una nueva estructura visual del arte, objetivo que impacta la producción artística de Occidente, destemplando la esclerosis intelectual con formas diferenciadas que abordan los núcleos morfológicos del arte. El autor tiende sus hilos, para trazar constelaciones reflexivas que, una tras otra, dotan de un perfil incisivo al entramado del libro.
La fotografía, una vez que ha dejado de ser concebida exclusivamente como medio de reproducción de la realidad, un reflejo doméstico-imitativo, se revierte en instrumento que, junto con el cine (no demasiado explorado por dadá), no sólo busca acomodo dentro de las artes, sino que constituye el detonador privilegiado de una época prolífica que incorpora los inventos que la propia modernidad provee. El collage tiene uno de sus sitios genésicos en los talleres de Braque y Picasso quienes, sin formar parte de dadá y, a partir del cubismo, incorporan la sobreposición de materiales en sus obras tempranas, un fenómeno que suma recursos clave para el despliegue posterior del collage y el fotomontaje (John Hartfield, Hanna Höch, George Gorsz), la percepción de la mera materia en el reino del valor de uso es transvalorada, develando su otra condición. Juanes evoca la heideggeriana coseidad de la cosa (die Dinheit des Dinges), distinción entre el objeto reducido por efecto del pensamiento tecnológico a mero material de uso y la cosa, cuya coseidad no reside en su utilidad práctica. Ser lo que es, trae consigo la reminiscencia del vacío de la jarra como factor que le permite contener, dar o retener, denotando su dimensión poética y el modo de ser propio de las cosas.
La arquitectura-pintura experimental de Kurt Schwitters, trae consigo el Merz, apócope de la palabra alemana Kommerz, tomada del encabezado de un periódico roto, encontrado en un basurero, que dio pauta al nombre del acto de incorporar materiales de desecho no sólo a la pintura, sino incluso a la literatura; elementos fuera del catálogo de las academias. En esa forma de generar arte, está la materia recolectada por azar en una acera o recogida en un basurero. Por otra parte, la música experimental alentada por dadá fue realizada tomando referentes de la plástica, empleando sonidos asistemáticos que resignifican de manera inaudita el ruido de las urbes y el maquinismo, junto con todo aquello que pueda ligarse a la sonoridad de la vida cotidiana: algunos de los mayores ejemplos de esa vertiente son: Erwin Schulhoff o los integrantes de Les Six (Francis Poulenc, Arthur Honegger, Darius Milhaud, Georges Auric, Louis Durey y Germaine Tailleferre). Allí está el estadounidense George Antheil, a lo que deben sumarse algunas incursiones geniales de Eric Satie. A motu propio quisiera agregar a Hugo Ball y Tristan Tzara, quienes también crearon una performática sonora. Tenemos que recordar que en ese tiempo la atmósfera transgresora gravitaba sin bandera desde distintos puntos de Europa: Arnold Schönberg, en 1921, producía música empleando sólo 12 tonos (música dodecafónica), al mismo tiempo que inventaba el ajedrez de coaliciones para cuatro jugadores (incluidas ametralladoras, submarinos y aviones con movimientos únicos), vuelta al ajedrez indio del que no estuvo exenta la composición musical.
Las aportaciones y referencias críticas de Juanes son inusuales, si atendemos numerosas historias del arte a la mano. Erudición que se convierte en arsenal de un pensamiento que se desdobla incesantemente, potenciando el peso intelectual del libro. La presencia de Nietzsche es una advertencia sobre el legado de las taras del monoteísmo, el sentido común de las mayorías y la certeza de que la historia de Occidente se debate entre las lógicas de poder, piezas inseparables del nihilismo que, opuestas al arte, lejos del encuentro con lo imprevisible, son los signos de una idealización atascada en el cálculo y la escatología. La nómina del libro tiene presencias como Alfred Jarry, creador del espectáculo patafísico, antecedente próximo e ineludible del dadá; el Ubu Rey es precisamente emblema del desquicio, un Gargantúa voraz que amenaza tragarnos para hacernos habitar su enorme barriga. Jarry es un lúcido adelanto de dadá y del teatro del absurdo. En el ánimo del libro gravita también Etienne de la Boétie, para, fuera de toda indulgencia, constatar la vigencia contemporánea de la servidumbre voluntaria.
El autor incorpora al texto personajes que se sitúan en los márgenes del Café Voltaire, pero que desde distintos márgenes acompañan la revuelta y enriquecen su fuerza, su folia. Marcel Duchamp, a quien Juanes dirigió el Itinerario de un desconocido (2008), es un artista autónomo, sin militancias, en quien se reconoce la concepción crucial del ready-made, en la que un objeto producido en serie por la industria, mediante una operación mental y sin pasar por algún cambio físico, pasa a formar parte del universo del arte. Allí Juanes recurre a Leonardo da Vinci: “El arte es cosa mental”. La provocación y el desafío fueron consustanciales a la obra de Duchamp. Francis Picabia, es pieza importante del arte crítico anterior a dadá, Picabia construye máquinas inútiles que atentan contra el pensamiento productivista, creatividad que interpela paradigmas occidentales como la voracidad industrial. Cito a Juanes para remitirme a las expresiones literarias, Tzara, Ball, Hülsenbeck y Hausmman, a la cabeza, representan una: “…brecha entre la palabra y el concepto, [entre letra y palabra]. Son un regreso al grado cero, retorno a la nada que impide la saturación de verdades inapelables, la nada que permite traer al mundo aquello que todavía no existe”. Arthur Cravan, el gringo nómada que desaparece en una barca rústica en el Golfo de México, no sin antes haber editado en París la revista Maintenant, entre 1912 y 1915, y retar en Barcelona a Jack Johnson, campeón de los pesos pesados quien lo noquea en el primer asalto.